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Entrevista
“Tuve dos vidas y disfruté las dos”
Torero y diplomático, Fernando Traversari,
“El Pando”, tiene recuerdos, pero no añoranzas
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| Por Jorge Ortiz - - |
Fue la época dorada de la torería nacional: romántica, vibrante, repleta de gestas heroicas y, por cierto, popular como no hubo ninguna antes ni habría ninguna después. Dos toreros (Fernando Traversari “El Pando” y Manolo Cadena) eran ídolos auténticos de un Quito pequeño, amable, amigable y apacible, más entusiasta por las corridas de toros que por los partidos de fútbol. La urbanización masiva y desordenada apenas empezaba y, barrio por barrio, todavía todos se conocían con todos, y el centro, de Santo Domingo a San Blas, aún era el corazón de la ciudad: palpitante, intenso, lleno de actividad en ministerios atareados, oficinas concurridas, residencias elegantes y señores de abrigo y sombrero, que hablaban de negocios, romances y, claro, conspiraciones políticas. Eran los finales de la década de los cincuenta.
Hoy, muchos de los mejores taurinos de entonces, suspirantes todavía por la vieja plaza Arenas, recuerdan cómo la buena afición quiteña se dividía, irreconciliablemente, entre los seguidores del valor sin fisuras y del toreo tremendista, aunque no muy fino, de El Pando, y los admiradores del toreo reposado y clásico, aunque no demasiado valeroso, de Manolo Cadena. Y recuerdan, además, con una añoranza invencible, los apasionantes mano a mano que sus ídolos protagonizaron, lidiando los toros de Arturo Gangotena, del Pedregal Tambo y de Luis de Ascázubi, de Santa Mónica.
Pero, como ya todos sabemos, la memoria es frágil y el tiempo nubla y adorna los recuerdos. “Con Cadena hubo solamente un mano a mano, uno solo, y fue de novilleros”, dice El Pando, desplegando con gran orgullo una colección minuciosa y pulcra de recortes y fotografías. “Es que yo, como los políticos, tengo que hablar con documentos, para que nadie dude de que yo estaba llamado a ser —y en ese camino iba— la gran figura del toreo ecuatoriano, un figurón”. Pero, ¿qué lo impidió, Fernando? ¿Qué hizo que usted, de pronto y sin un buen motivo visible, truncara su carrera, muy lejos de la cumbre?
—El día en que el público de Quito, mi público, me armó una bronca horrible y tremendamente injusta, olvidándose de todos mis triunfos, de mi dedicación, de mi entrega, de mi valor, decidí no torear nunca más, definitivamente nunca más, en la plaza Arenas. Y, ¿qué sentido tenía seguir siendo torero, si no iba a torear jamás en mi ciudad y ante mi público?
—Pero usted estaba en el punto más alto de su carrera...
—Sí, yo iba para figura del toreo, la gran figura que el Ecuador nunca ha tenido.
—¿No se arrepiente?
—No, no me arrepiento, porque ésas fueron las circunstancias. Además, me queda el orgullo de haber hecho dos cosas fundamentales por la fiesta brava en el Ecuador. Primero, haber rescatado la afición por los toros, que estaba en pleno declive, y segundo haber creado la feria de Quito...
—Con Manolo Cadena...
—No, Cadena vino después. Le cuento: un buen día, después de dos exitosas temporadas mías como novillero en España, decidí que debía presentarme ante mi público, en Quito, antes de volver a España para tomar la alternativa. Y me vine con dos de los toreros españoles punteros, Victoriano Posada y Mario Carrión, y convencí al Municipio para que auspiciara la que sería la primera feria de Quito. Aquí están los carteles. Mire. Corridas mixtas, con Posada y Carrión como matadores, y yo como novillero. Aunque yo mataba toros tan grandes como los de ellos.
—¿Y Manolo Cadena...?
—Él vino después, con sus propios toreros: Enrique Vera, Jerónimo Pimentel, Jaime Bravo... Los dos trajimos a varios de los mejores toreros españoles y mexicanos de aquella época.
—¿Cada uno organizaba sus corridas por su cuenta?
—Sí. Pero lo importante era que, con esos carteles, la gente volvió masivamente a la plaza. En la Arenas había cada domingo cuatro mil personas, además de toda la gente que se quedaba afuera y la que se ubicaba en los balcones de las casas vecinas —incluso la terraza del colegio La Salle— para ver los toros como pudiera. Era emocionante.
—¿Fue por esa época en que empezaron los mano a mano entre usted y Cadena?
—Hubo un solo mano a mano, el 14 de mayo de 1957.
—No puede ser. Hay gente que se acuerda de varios, algunos ganados por usted y otros por Manolo Cadena...
—Sí, la gente se “acuerda” de varios. Pero hubo uno solo y, además, ocurrió cuando ambos éramos novilleros: ninguno de los dos había tomado la alternativa.
—Pero, supongo, muchas otras veces estuvieron juntos en un cartel, en ternas con otros toreros o novilleros...
—Nunca. Jamás. Una sola vez compartimos plaza. Fue ese mano a mano, y punto.
—¿Por qué?
—Porque, tontamente, los dos nos dejamos llevar por la rivalidad que había creado el público: Los “pandistas” y los “cadenistas” no se podían ni ver. Y cada uno de nosotros hizo empresa por su cuenta, con sus respectivos toreros. Fue un absurdo, porque no supimos explotar la pasión que se había creado. Nos hubiéramos hechos ricos, pero jamás se nos ocurrió. Hasta que alguien, que no me acuerdo quién fue, tuvo la idea de contratarnos a los dos, pero para una sola tarde.
—¿Y quién ganó ese mano a mano?
—Cada uno cortó dos orejas. Según escribió el cronista taurino de El Comercio, “los dos demostraron su arte, por lo que no hubo ni vencedores ni vencidos”. Creo que nos hubiera ido mejor a ambos si los toros hubieran embestido bien. Y es que los únicos que dieron buen juego fueron los dos toros del Pedregal Tambo. Los dos de Chalupas, la ganadería de los Plaza, estuvieron broncos y los dos del “Balón” Barreiro fueron mansos sin remedio.
—¿Admite usted que Cadena era un torero más fino, más artista, mientras que usted hacía más derroche de valor?
—Sin arte no se puede torear. Lo que pasaba es que a mi arte yo le añadía una gran dosis de valor.
—¿Pero reconoce usted que era un torero tremendista?
—Sí, yo era tremendista. Pero mis gaoneras eran maravillosas, solamente comparables con las del mismísimo Rodolfo Gaona. Claro que Manolo Cadena también tenía lo suyo.
—¿Y no se les ocurrió seguir toreando juntos?
—No. Y no me pregunte por qué. No sé. Simplemente no lo hicimos. Y después yo ya me retiré, a raíz del problema en la Corrida de la Prensa...
—Ya se me adelantó, Fernando: me está hablando del retiro y todavía no me ha hablado del comienzo.
—De acuerdo. ¿Por dónde quiere que empiece?
—Por su familia, por su niñez, por el comienzo de su afición...
—Empezaré por mi familia. Mis ancestros, italianos, fueron muy connotados. Mi tatarabuelo se propuso traer de Europa los tranvías que durante tantos años engalanaron las calles de Quito, mi bisabuelo fue contratado por el presidente García Moreno para fundar el Conservatorio Nacional de Música, mi abuelo fue un prestigioso musicólogo e investigador que coleccionó cientos de instrumentos musicales de todo género que en la actualidad están en el museo de la Casa de la Cultura y mi padre fue el pionero de la aviación militar ecuatoriana. Todos ellos fueron primogénitos y llevaron el mismo nombre: Pedro Traversari.
—Es decir que su familia paterna llegó al Ecuador en la primera mitad del siglo 19...
—Aproximadamente, pero no tengo datos. Lo que sé es que vino de Ravena...
—Piamonteses...
—Exactamente. De una zona muy cercana a Florencia.
—Salvador, entiendo, por la vertiente materna. De una familia tradicional de Quito...
—Exactamente. Y del matrimonio de mis padres nacieron cinco hijos, yo fui el menor.
—Según entiendo, aquello de “El Pando” fue un sobrenombre familiar...
—Sí. Yo pronunciaba mal mi nombre. No podía decir “Fernando” y decía “Pando”. Y de “Pando” me quedé para siempre. Todos mis parientes y amigos me decían —y me dicen— “Pando”. Y, claro, cuando entré al mundo de los toros, “El Pando” fue ni nombre taurino.
—¿Cómo entró al mundo de los toros?
—Por pura afición. Una afición honda e inexplicable. Creo que fue una vocación que nació conmigo. Mire: yo estudié la primaria en el colegio La Salle, la secundaria en el San Gabriel y después entré a la universidad de Columbia, en Nueva York. Debía ser administrador de negocios. Pero desde que estaba en la escuela, yo ya me escapaba para ir a los toros, al lado de La Salle, en la plaza Arenas. No me perdía corrida. Eso era por allá por los primeros años cuarenta. Yo era apenas un niño: nací en 1932.
—¿Y ya pensaba ser torero?
—Ya de muchacho, en la secundaria, yo era amigo de los Plaza, de Leonidas, Galo y José María, y con ellos fui muchas veces a La Avelina y a La Ciénega. Íbamos a ver los toros y a pegarles un capotazo. Incluso, posteriormente, Leonidas me apadrinó y hasta me compró mi primer traje de luces y mis primeros capotes, muletas y estoques.
—¿A su familia le gustaba la idea de que fuera torero?
—No. Mi familia odiaba los toros. Mi padre, sobre todo. Pero yo, que iba a la plaza ahorrando los centavos que me daban los domingos para mis gastos de niño, ya estaba obsesionado con los toros. Admiraba a muchas de las figuras que por esos años pasaron por la plaza Arenas, pero especialmente a los mexicanos. A Silverio Pérez, por ejemplo, y también a Carlos Arruza. Y, por supuesto, a la gran dinastía española de los Bienvenida: Antonio, Juan, Pepe... Y, ¡cómo me voy a olvidar!, los Dominguín.
—¿Quería imitarlos, llegar a ser como ellos?
—Sí. Como le dije, ya era una obsesión. Incluso, cuando estaba en la secundaria, me escapé del colegio para ir a torear a un festival en Pujilí. Yo tenía unos 16 años. Fue mi primera presentación ante el público. Y me encantó. Mi padre se dio cuenta de mi afición y, para cortarla, me fletó para Nueva York, donde vivía una de mis hermanas. Pero un día, a los dos años de mi llegada, me llamó el embajador Antonio Quevedo y me comunicó que mi padre había muerto. Y aunque sí me gustaba lo que estaba estudiando, Bussines Administration, mi verdadero interés eran los toros. Y entonces, ya sin mi padre que se opusiera, volví al Ecuador para armar viaje a España para hacerme torero. |
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