
El arte de Pedro Herrera Ordóñez se resuelve desatando su imaginación del
modo más intenso para apelar al subconsciente del espectador, recurso surrealista
asumido por todo artista que se pretende libertario. Imágenes oníricas las
suyas –un elemento nos sugiere otro con el cual aparentemente no guarda ninguna
relación–, idénticas a lo que ocurre en el mundo de los sueños.
¡Fuera los silogismos, los corolarios, las causas y los efectos, las demostraciones
matemáticas...! Pedro Herrera Ordóñez nos abre entonces las puertas de los
sueños. ¿Para qué...?: para abrirnos paso con él al automatismo, para ver
con él al mundo tal cual es, para hacernos sentir hombres y mujeres desencadenados,
liberados, atreviéndonos a tomar conciencia de nuestros deseos y, sobre todo,
a realizarlos. ¡Basta de oscuridad...!, proclama el ojo de Pedro Herrera –mago
y milagrero– conminándonos a cohabitar con su universo soñado: desiertos,
mares, nubes, llaves y candados cargados de secretos insondables, relojes
escapados del tiempo, mujeres grávidas de misterio yéndose con el viento,
simplemente yéndose con el viento..., mientras en nuestras retinas sólo queda
la luz –ángel, demonio y carne– como esa pátina dorada que dejan en nuestros
pulpejos las mariposas o las flores que han sido atrapadas por el azar. (Es
de verle a Pedro –araña urdiendo el cautiverio de su presa– cómo zarandea
por las paredes de su laboratorio, de qué modo corre por sus tumbados, se
escurre por sus esquinas, entra y sale agitado, convulso, cargado de sus cámaras
fotográficas, anhelante, musitando frases apocalípticas, hasta dar con la
imagen deseada, aquella que va a levantarnos los lebreles del alma, pero que
no es nada más que sólo la primera de un mundo que cada día empieza y que
nunca termina...).
Los soñadores empedernidos –y este es el caso de Pedro– lo saben, estas
imágenes, racionalmente inconexas, guardan alguna extraña pero exacta relación
en la fibra íntima de nuestro subconsciente y, por lo tanto, de nuestra vida.
Y esa revelación la perciben –acto de encantamiento y de ardoroso amor– como
una fuerza que se siente y no se razona (¿no es mejor el delirio a ese templo
inerte de la razón en el tiempo del vacío que vivimos...?). Sin embargo, Pedro
parte de la fotografía mental –loco veleta como él solo, relata a sus amigos
que mantiene imágenes en el archivo de su memoria desde que soñaba en el útero
de su madre, y que de esa cantera inagotable, va dilapidando día a día sus
tesoros–. La bella y honda expresividad de la fotografía de Pedro, así como
su simbología, fluyen de su libertad sin fronteras. Él no teme a su inconsciente,
ni siquiera a los desafueros que éste pueda generar. ¡Allí está, quizás, el
prodigio de su arte...!
A partir de la fotografía, nada quedará cautivo y fijo sin su excepcional
memoria, ni la paz ni la guerra, ni la bonanza ni la miseria, ni la alegría
ni la tristeza, ni la soledad ni las multitudes, ni la belleza de la juventud,
ni la erosión implacable de la vejez, ni el amor ni los cuerpos –tan caros
para Pedro Herrera Ordóñez, uno de los artistas fotógrafos ecuatorianos más
significativos de nuestro tiempo.
Sobre Chiqui Naranjo
Con
la Chiqui Naranjo ( Guayaquil, 1975 ) habíamos pactado por teléfono hacer
la entrevista en una cafetería de Urdesa. No nos conocíamos. Así que, esa
mañana, yo bebía café y esperaba a una persona de baja estatura, pero quien
llegó era más bien alta. Entonces, María Teresa Naranjo contestó la pregunta
que todos le hacen. “Eso, desde recién nacida. Mi mami me lo puso, la empleada
lo repitió y después todos me llamaban así. A mi familia no le gusta que haya
eliminado el nombre, pero con el de Chiqui me siento más cómoda”.
Salvada la curiosidad y auxiliados por la
luz que ilumina su carpeta, aprecio fotos de desnudos en blanco y negro. Imágenes
de modelos que visten ropa de marca en extrañas locaciones. También algunas
experimentaciones de revelado e impresiones sobre papel hecho a mano.
Cuando estudiaba diseño industrial y gráfico
en Guayaquil, tomó sus primeras clases de fotografía. Armada con una Minolta
de lente normal afrontó una tarea académica. “En el primer trabajo había que
fotografiar unas sillas; con algo de creatividad, comencé a colgar las sillas
en árboles y me gustó”. Luego
pasó al Savannah College of Art and
Design Bachelor of Fine Arts.
Mientras saborea un chocolate caliente,
afirma que la fotografía es una carrera de estudios exigentes. No olvida que
quien encaminó su vida en la fotografía fue el profesor Tom Fischer. Cuando
le dio clases de Retratos explicaba que no era necesario que en la foto aparezca
la cara del personaje, porque se puede lograr un retrato con sus objetos.
A ella le gustó ese concepto y como siempre le habían llamado la atención
los desnudos, incursionó en ellos.
Todo el año 1997 lo dedico a fotografiar
a sus compañeros, que por ser estudiantes de una universidad de Artes, se
prestaban, hombres y mujeres, a convertirse en modelos. Después de disparar
y revelar cientos de metros de película, descubrió lo que quería. “Me di cuenta
que me gustaban los desnudos en los que no aparecían las caras, solo las formas”.
Entonces empezó a jugar con sombras y luces,
hasta olvidar que fotografiaba cuerpos. “En ciertas fotos los cuerpos parecían
paisajes, más que todo los de mujeres, que tienen más formas geométricas con
qué jugar. Ahí fue cuando salió el título de Paisajes Intimos”. Los desnudos
fueron expuestos en 1998 en la Galerie Lumiere de Savannah. Y en Guayaquil,
bajo el título de Paisajes íntimos, en el Salón Cultural Oro Verde
en 2001.
PASÁNDOLE REVISTA A LA MODA
En la
actualidad se desempeña como fotógrafa freelance en revistas como Hogar,
Vistazo, Cosas, Somos y otras. Dice que realiza todo tipo de producciones
y que, si bien fotografiar productos es algo creativo, más le atrae la fotografía
de moda porque le gusta compartir con personas. Cuando trabaja para las revistas,
como casi siempre los presupuestos son escasos, todo el equipo de producción
es ella y las modelos.
Prefiere los paisajes y los elementos de
las locaciones exteriores a realizar tomas en el estudio. “No soy de las que
se demora horas y horas en hacer fotos porque me canso y dejo de funcionar
bien. Y a las modelos, después de 8 horas, nunca les voy a sacar una buena
cara porque lo que quieren es irse a su casa”. Una vez tomadas las fotos,
con una mezcla de angustia y emoción, disfruta de la espera del revelado.
Se considera muy exigente consigo misma, pero no siempre depende de ella pues,
aunque entrega buenas fotos, el diseño o la impresión pueden ser un desastre.
“En muchas ocasiones es frustrante, pero a mí me encanta ver mis fotos publicadas”,
aclara con cierta vanidad.
En el ámbito periodístico, cree que no podría
fotografiar a una persona herida y que necesitaría ayuda porque dejaría botada
la cámara y llamaría a una ambulancia.
Como casi todos los fotógrafos, se siente
incomodísima frente a la cámara de otro, aunque sí disfruta de los autor retratos.
Le gustan
las cosas hechas a mano. Recuerda que en la universidad se utilizaba la computadora
para escanear fotos y arreglarlas. Y eso no la atraía. Pero la tecnología
avanza y está a punto de comprar su primera cámara digital. “Voy a comenzar
con la fotografía digital, pero –eso sí– no me llaman la atención las alteraciones,
salvo los retoques mínimos”, aclara.
Hace un par de años, con su hermana Andrea
–quien también estudió fotografía– visitaron Francia, y en el pueblito de
Arlés asistieron a un festival de fotografía en el que toda la localidad estaba
comprometida: cafeterías, restaurantes, galerías y hasta las iglesias abrían
sus portones para mostrar las fotos.
Como en nuestro medio los fotógrafos son
más conocidos por las imágenes que publican en revistas y periódicos, que
por exposiciones artísticas, el año anterior fundó Fotofusión producciones
y organizó el primer festival Fotosí, en el que participaron fotógrafos de
Guayaquil. Este año, el festival será en octubre y la convocatoria a nivel
nacional. Su sueño es que algún día el evento sea internacional y promueva
a los nuevos talentos. Mientras,
es posible que, junto a su hermana, uno de estos días expongan porque la Chiqui
Naranjo tiene algunas imágenes bajo la manga.